lunes, 10 de agosto de 2009

Así no

Uno que no predica con el ejemplo

por Gustavo Noriega - 9/8/09 - Crítica de la Argentina

El programa estrella de Canal 7 (o “La Televisión Pública”, como se autodenomina) es 6 en el 7 a las 8, de la productora Pensado Para Televisión. En principio, se trataba de una idea interesante, la de aplicar el esquema habitual de los programas de archivo (conductora, panelistas, informes e invitados) a una agenda más inclinada a la relación entre los medios y la política que sobre los ya hartantes vaivenes de la farándula. En la práctica, se terminó replicando especularmente aquello que criticaba.

Lo primero que llama la atención del programa es su monotonía, una uniformidad pesada derivada de poner todos los elementos editoriales en una única dirección. Los panelistas no discuten entre sí, están todos de acuerdo en todos los temas (primera vez en la historia de PPT) y apenas se interrumpen unos a otros para ver quién pronuncia la frase más oficialista. Nadie se atreve a oficiar de “abogado del Diablo” para introducir alguna contradicción que genere algo más interesante que la mera concordancia generalizada. Apenas María Julia Oliván, en su rol de conductora (que cumple de manera más que satisfactoria), se permite de vez en cuando anteponer cierta distancia con el discurso único del programa. El otro extremo lo presenta el panelista Orlando Barone, quien renuncia explícitamente a la posibilidad de enfrentar ideas. Barone tiene un único registro: la ironía. Y para percibir y disfrutarla se requiere complicidad. Apuesta constantemente a esa comunión con el espectador y en ningún momento se le pasa por la cabeza que quizá la discusión de las cosas públicas ameriten cierta distancia y una dosis de argumentación. Nunca imagina un interlocutor no convencido.

Si el panel parece una reunión del politburó, los informes no le van a la zaga en su soviética y monolítica unanimidad. Se manejan conceptos básicos y totalizantes, sin matices: “el campo”, “la oposición”, “los medios”. Se trata de desnudar los discursos de los medios y de cómo éstos encubren una cierta ideología. De esa elogiable práctica crítica se pasa a replicarla. Lo que los medios encubren, 6-7-8 lo muestra, pero el problema es que lo que los medios muestran 6-7-8 lo disimula. Si los medios hablan de la escandalosa habilidad tributaria de De Narváez, 6-7-8 muestra cómo los medios ocultan o reconvierten esa información en algo distinto. Pero cuando los medios hablan del inaceptable enriquecimiento de la pareja presidencial, 6-7-8 habla de… ¡De Narváez!

El kirchnerismo del programa, en definitiva, no pasa tanto por cómo se critica a la oposición o cómo se disimulan los horrores oficialistas, sino en adoptar su espíritu y reducir toda la complejidad de la política a una oposición binaria, un enfrentamiento entre un “nosotros” y un “ellos” en el que el universo K se muestra del lado de los buenos. El programa se hace eco de ese discurso y lo repite con entusiasmo. Lejos de ser crítico, en la mejor tradición de su productora, puede leerse como un ejercicio autocomplaciente al servicio de los intereses del canal donde se emite. Que es, casualmente, la misma acusación que el programa les hace a “los medios”.

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